Juan Luis Arenas festejando su cumpleaños 91 junto a su familia. Créditos de la imagen: Paulina Arenas.

“Sé cuándo moriré y cómo sucederá”: Juan Luis Arenas

De muerte lenta…

“Sé cuándo moriré y cómo sucederá”: Juan Luis Arenas

El “Viejo” completó más de 110 horas sin ingerir alimento alguno.

Por Jefferson Ramírez

Juán Luis Arenas rodeado de matorrales con su puño izquierdo al cielo. Créditos de la imagen: Paulina Arenas.
Juán Luis Arenas rodeado de matorrales con su puño izquierdo al cielo. Créditos de la imagen: Paulina Arenas.

“El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado”: Gandhi

La puerta de la habitación se abrió lentamente. Para no despertar abruptamente a su padre, Guillermo ingresó con la cautela de un leopardo. “Viejo, el desayuno”, susurró. El “Guille’”, como su familia le dice cariñosamente, estaba por esos días de vacaciones y quería compartir tiempo libre con su padre, quien sufría, desde hace algunos días, de colitis. Por eso, prefirió llevarle a la cama algo ligero. En la bandeja, jalea y té.


– No me traigas el desayuno. Antes, tengo que hablar contigo. No te quiero echar a perder tus vacaciones, pero he tomado una decisión.

La voz del padre transmitía la seguridad y el carácter fuerte que lo había caracterizado a lo largo de sus 91 años. Juan Luis Arenas, “El Viejo”, delgado, 1,70 de altura, rasgos indígenas y poseedor de un gran conocimiento. Como todo adulto mayor, era terco en su manera de pensar; cuando tomaba una decisión rara vez la cambiaba. Esa mañana de domingo no sería la excepción.

– Voy a dejar de comer y tomar líquidos a partir de hoy. Tráeme un vaso de agua, que es lo último que tomaré – pidió.

– Viejo, piensa: ¿no ves que te vas a morir? Será doloroso – respondió con sorpresa el hijo.

Pero Juan, igual que un ajedrecista profesional, tenía todo calculado. Su próxima jugada sería una “auto-eutanasia”: no comería ni bebería nada desde ese domingo hasta el miércoles, fecha para la cual programó su muerte. Él llevaba un par de años con una isquemia cerebral y quería darle fin a su sufrimiento. Esta enfermedad consiste en una interrupción del suministro de sangre al cerebro. Por esta razón, cada vez que tenía un nuevo episodio, se desconectaba del mundo por un rato. Para dar fin a esa pesadilla, buscó tiempo atrás la opción de una muerte digna, pero no la encontró.

En Chile, al igual que en la gran mayoría de países latinoamericanos, la eutanasia está prohibida. Este tema se ha discutido durante décadas, pero solo fue hasta el pasado 7 de agosto, momento en que la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados aprobó el proyecto que busca legalizar la eutanasia en el país austral. En otros territorios como Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Colombia, este procedimiento es permitido; aunque con algunas restricciones, según la normatividad de cada país. Asimismo, el suicidio asistido no está penalizado o se encuentra en proceso de aprobación en países como España, México, Suiza, Alemania, Japón y Corea del Sur.

Juan Luis Arenas y sus 5 hijos. Céditos de la imagen: Paulina Arenas.

Ante la decisión del mayor de los Arenas, sus cinco hijos y la mayoría de sus nietos se reunieron en torno a él. Todos respetaron su proceder y realizaron una vigilia. Lo querían acompañar hasta que exhalara el último de sus suspiros. Juan Luis Arenas era un hincha furibundo del Club Universidad de Chile, pues desde pequeño era amante del buen fútbol. Un día, mientras veía un partido del mundial de Brasil 2014, sufrió su primer episodio de isquemia cerebral, el cual duró 3 minutos aproximadamente. Desde entonces, cada suceso fue más recurrente y con mayores consecuencias. Cuando volvía en sí no recordaba nada de lo sucedido. Algunas veces, posterior a cada episodio, se reincorporaba orinado o defecado. Pese a su delicado estado de salud, para el gobierno chileno es inviable permitir que un médico le practique la eutanasia.

– ¿Qué legitimidad tiene el Estado de prohibirle, o de tratar de cuestionar, el derecho que un ser humano tiene sobre su propia existencia?

Este pensamiento ronda frecuentemente por la cabeza de Gustavo Quintana, quién es más conocido en el mundo como el “Doctor Muerte”. Él es un médico colombiano que ha hecho eutanasias en países como Canadá, México, Panamá, Chile, Perú, Venezuela, Ecuador, Argentina y Colombia. Hasta hoy ha realizado este procedimiento 382 veces bajo la consigna de: “Tener un final digno, sin dolor y que evite la pérdida de dignidad a la que la ancianidad lleva” (Sic).

Quintana se formó en el colegio San Juan Berchmans de los Jesuitas. Allí lo convencieron de que tenía vocación religiosa. Entró al Seminario Menor de los Jesuitas y, 5 años después, ingresó al Seminario Mayor. Tomó sotana, pero por su maestro de novicias regresó a su vida laica. Él le manifestó que “Su labor más importante sería como un laico y no como un sacerdote”. Para Gustavo dichas palabras fueron proféticas, puesto que, el brindarle alivio tanto a los pacientes terminales como a sus familias por medio de la eutanasia, es la labor “más importante” que, considera, se refería su mentor.

Gustavo Quintana con su sotana de padre. Agradecimiento: Gustavo Quintana.
Gustavo Quintana con su sotana de padre. Agradecimiento: Gustavo Quintana.

El legado que Quintana desea dejar al mundo es anexar un derecho más a los ya existentes treinta Derechos Humanos Universales que hay en la actualidad. Ese trigésimo primer derecho diría lo siguiente:

– Todo ser humano tiene el más sagrado derecho a escoger el final de su propia vida

– Y ojalá pudiéramos llamarlo: el derecho de Quintana –, manifestó.

La familia Arenas está de acuerdo con el pensar y actuar del “Doctor Muerte”. El haber vivido paso a paso el deterioro de su padre, los marcó drásticamente, he hizo que reforzaran su postura positiva ante la muerte digna.

24 horas después de que Juan optara por la “auto-eutanasia”, su familia contactó un equipo multidisciplinario para asesorarse mejor. Ese mismo lunes asistieron a la casa de los Arenas: un médico, una enfermera, una psicóloga y un trabajador social. Ellos fueron testigos de que “El Viejo” estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Y que la decisión que tomaba no era por abandono sino por el sufrimiento que le causaba la enfermedad. Lo intentaron convencer, pero él les decía que ya había tomado una determinación.

– Sé cuándo moriré y cómo sucederá –, repetía.

Los profesionales también respetaron la decisión de Juan. Una vez abandonaron su habitación, se dieron un apretón de manos con la familia y salieron llorando de allí.

Juan Luis Arenas festejando su cumpleaños 91 junto a su familia. Créditos de la imagen: Paulina Arenas.
Juan Luis Arenas festejando su cumpleaños 91 junto a su familia. Créditos de la imagen: Paulina Arenas.

Pero no todos concuerdan con tomar la vía de la eutanasia cuando se trata de una enfermedad terminal. Por ejemplo, para Hernán Olano, el “homicidio por piedad” es un crimen. Él nació en Colombia; es abogado, doctor en Derecho Canónico; fue director de la Facultad de Humanidades de la Universidad La Sabana y profesor de esa institución por más de 25 años. Igualmente, es comentarista en medios de comunicación para todos los temas referentes a la iglesia. Para Hernán: “La vida es una sola desde el momento de la concepción, hasta su muerte natural”. Y en dado caso de enfermedad terminal, se deben “Auspiciar los cuidados paliativos propios del caso, sin llegar a cuartar el fin natural de su siclo vital”.

Olano es de piel trigueña, su pelo es negro y luce algunas canas. Tiene un temperamento fuerte y se caracteriza por defender apasionadamente todos sus ideales. Referente a quienes realizan el procedimiento de la eutanasia, su pensar es contundente:

– Hay un médico que ha cometido más de 500 eutanasias. Él se ampara en su profesión, pero al no estar legalizada (la muerte digna), él es un homicida serial. Así tipo Garavito.

En Colombia, país tanto de Hernán Olano como de Gustavo Quintana, las Sentencias C-239 de 1997 y T-970 de 2014, así como la Resolución 1216 de 2015 regulan su procedimiento y permiten su aplicación sólo en pacientes mayores de edad, con enfermedades terminales y que hayan manifestado previamente y de forma consiente su interés de morir.

El tiempo avanzaba y Juan Luis Arenas seguía sin comer ni beber. En la noche del martes se completaron 60 horas sin probar bocado. De vez en cuando, alguno de sus hijos tomaba un paño húmedo y remojaba sus labios para que pudiera hablar. Con una voz suave y paternal, Juan les pidió a sus nietos que estudiaran, que hicieran una carrera universitaria y que fueran mejores personas.

Siempre quiso que, una vez muerto, se hicieran realidad sus últimos deseos. Por esto, decidió planear hasta el más mínimo de los detalles en su muerte: pidió que nadie se enterara de que él estaba agonizando; que, ya fallecido, lo trasladaran a un lugar en específico; que allí no se utilicen cruces, santos u objetos religiosos; que nadie fuera a su funeral, excepto su familia. Eligió algunas canciones para que sonaran ese día, he hizo entrega del dinero para los gastos de su funeral.

El sol se asomó por el horizonte chileno. Su presencia le anunciaba a la familia Arenas que, desde que Juan determinó no comer, ya se completaban tres días completos. Según sus planes ese sería el día de su fallecimiento, pero no fue así. Ese miércoles transcurrió con relativa normalidad. Su familia sufría al ver su deterioro, aunque les enorgullecía “los cojones” que tenía su padre por tomar esa decisión.

En la mañana del jueves el mayor de los Arenas despertó y le preguntó a su hijo Guillermo:

– ¿Qué día es hoy?

A lo que él respondió:

– Jueves

Inmediatamente se enojó, frunció el ceño y les dijo:

– ¡No! Yo debí haber muerto ayer. Estoy pasado un día

Su carácter fuerte y autoritario se hizo notar una vez más. Según él, su familia le daba comida cuando dormía, o le inyectaban algo para prolongar su vida. Fue una tarea difícil convencerlo que no era así.

110 horas después de consumir el último vaso de agua que probó. Es decir, a las 11:00 de la noche del jueves. Juan Luis Arenas murió.

Su familia tenía sentimientos revueltos: por una parte vivían la tristeza normal de despedir a un ser querido. Aunque, por otro lado, se llenaron de orgullo al ver como su padre se vio fuerte y decidido hasta su suspiro final. Cuando llegaron a la funeraria cumplieron su último deseo: al ingresarlo al cajón no le cruzaron los brazos como a todos los muertos. En vez de eso, se los acomodaron hacia abajo. Sin importar que los empleados del lugar estaban muy confundidos y no sabían lo que pasaba, su familia insistió. Según el “Viejo”, en miles de años, cuando los arqueólogos lo encuentren, va a ser el único diferente y ellos van a decir:

– ¡A ese no lo toquen!, ¡no lo toquen! Seguro es un Dios de la época antigua, por lo tanto, hay que venerarlo. A ese no lo destruyan.

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